Ampliando el campo de visión

Cuando tus ojos viajan

"Las primeras veces haz este movimiento tendida de espaldas. Este trabajo, que restituye a tus ojos una mayor libertad de movimientos, pude disolver rigideces, inhibiciones que no sospechabas y que a menudo se deben a tu historia desde el primer día de tu vida.



Estás, pues, acostada, con los pies juntos y bien planos, los muslos unidos. Toma las dos pelotitas pequeñas y colócalas en el suelo a cada lado de tu cara, a la altura de tus ojos bien abiertos, a una distancia que corresponda al largo de tus brazos. Deja caer los brazos a lo largo del cuerpo. Abre la boca, deja expandida tu lengua en el interior, desplegada como la hoja de un nenúfar. Agita los párpados unas diez veces. Trata de estirar la nuca.

Ahora, sin girar la cabeza, vuelve tu mirada hacia la pelotita que tienes a la derecha y regresa al medio. Haz varias veces este movimiento. Sólo con los ojos. Tal vez sientas que tu mandíbula, o tu lengua, se agitan en el intento de ir también hacia la derecha. Trata de calmarlas y de que sólo se muevan tus ojos.

Prueba después a volver la mirada hacia la pelotita que tienes a la izquierda. Varias veces. Es posible que sientas una gran diferencia de movimiento en los dos lados.

Ahora lleva tus ojos de una pelotita a la otra sin detenerte ni de un lado ni del otro, ni en el medio. Tal vez tu nuca se esté crispando. Trata de calmarla. Tus mandíbulas permanecen flojas, y de ser posible tu lengua expandida y tu respiración libre. Si lo soportas bien, puedes continuar este movimiento durante dos o tres minutos.

Después, agita vivamente los párpados. Vuelve a flexionar las piernas y después suavemente estíralas.

Si luego haces este movimiento sentada, lo harás durante menos tiempo. Instálate en una silla con los pies bien planos, paralelos y ligeramente separados. Los muslos ligeramente separados también, según el ancho de tus caderas. Elige puntos de referencia a cada lado de tu cara, a la altura de los ojos, y sobre todo no gires la cabeza hacia ellos. Solamente los ojos".


Con el consentimiento del cuerpo, Marie Bertherat, Thérèse Bertherat y Paule Brung

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